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Un Acercamiento a lo Humano, Juan Ángel Blasco Carrascosa. Catedrático de Historia del Arte. Universidad Politécnica de Valencia

“UN ACERCAMIENTO A LO HUMANO”

PINTURAS Y ESCULTURAS DE VENTO GONZÁLEZ

  Homo sum, humani nihil a me alienum puto («Hombre soy, nada humano me es ajeno»).

Publio Terencio Africano en su comedia Heauton Timoroumenos (El enemigo de sí mismo), del año 165 a.C.

En la obra artística de José Vento González (Quart de Poblet, Valencia, 1940) el centro nodal de su fundamentación estética radica en un acendrado sentido humanista. Así lo prueba el conjunto de su ya dilatada producción, a cuyo través se evidencia una preocupación constante por el ser humano. De ahí que el título de la presente exposición –Un acercamiento a lo humano– enfatice su interés por la persona, por la Humanidad. A lo largo de más de cuatro decenios de intensa actividad creativa interdisciplinar (pintura, dibujo, grabado, escultura, murales cerámicos, ilustración de libros, portadas, carteles, revistas…), ha venido estableciendo una fructífera relación temática entre la figura humana y su entorno. Sus figuras casi nunca están solas, siempre se procede a su imbricación–y en ocasiones a su fusión–, pues para su autor el mundo no es una suma de individualidades sino el resultado mutante de un continuado proceso de comunicación.
Vento González inició su andadura artística a principios de los años sesenta, y desde entonces ha venido llevando a cabo una obra de singular enjundia, pormenorizadamente estudiada por especialistas1, arrancando desde su formación en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia(pintura, grabado calcográfico, escultura), y en la Escuela de Cerámica de Manises.

Con un excepcional dominio del dibujo, que imprime al conjunto de su obra (en sus diferentes procedimientos) una valoración tridimensional, en lo que respecta a su faceta pictórica cabría resaltar algunos de sus rasgos más característicos. Señalemos de entrada un logrado equilibrio entre las formas y el color, cuya riqueza expresiva se fundamenta en una composición compensada, trasunto que es de su armónica concepción integradora de lo artístico y lo humano. El espectador advertirá de inmediato que en estos cuadros (al margen de sus espléndidos bodegones de configuración geométrico-arquitectónica), las figuras experimentan una suerte de hipóstasis al irse intercalando los planos. (La lección de Picasso queda pues bien absorbida –cubismo sintético, superposición de planos–, así como las huellas del Expresionismo, del Rayonismo, del Futurismo y del Surrealismo). En este proceso de compenetración las composiciones se vertebran mediante estructuras geométricas. Se trata de un juego –planteado volumétricamente– de yuxtaposición e interpenetración de planos en el que se verá inserto el solapamiento de sus cuerpos: esas figuras estilizadas, serenas y a la vez pletóricas de energía. Tampoco escapará a la mirada escrutadora la expresividad surgida de los contrastes entre la luz y la sombra, utilizando planos facetados de distinta orientación y cromatismo. Unos contrastes de color –decimos- servidos con texturas muy poco matéricas y tintas cada vez más planas, nutriente vital que son de esos elementos figurativos inscritos en formas planas redondeadas o en fondos que evocan dameros de azulejos cerámicos y trazados en procesos geometrizantes. (Parafraseando a su autor, «…voy construyendo …hacia una geometría sin ser pura geometría»). Y todo ello buscando la sensación de volumen escultórico mediante un recorte muy vivo, rotundo, de los perfiles, que producen un «efecto de collage», ya que su formalización bidimensional se sustenta en un fondo escultórico.

Ya hemos apuntado que la continua reflexión acerca de lo humano constituye la levadura de esta obra, de la que no puede escapar –en consecuencia – un sentido emotivo. De tal modo que entre la variada complejidad de las relaciones humanas encontremos en estas pinturas unas veces temáticas amables y otras, por el contrario, críticas, de implícita denuncia social. Porque junto a ese universo poblado de brindis y sombrillas; de confidencias y de contactos; de agradables escenas familiares; de fraternidad, amor filial y de pareja; de músicos, contorsionistas y cantautores…, también se retrata otro: el de la violencia y la frustración, las guerras, los atentados, la inseguridad, las violaciones, las injusticias, el ambiente urbano que propicia el escapismo de los problemas de la juventud, las tensiones relacionales en la pareja y sus difíciles equilibrios…

Toda esta vida fluyente, mutante, eternamente in fieri, debe ser reflejada –así lo entiende su autor– mediante movimientos y ritmos, es decir, dinámicamente, expresando sensaciones y vivencias. No nos resultará por tanto extraño que (según esta clave que otorga una perspectiva constructiva-conceptual), Vento González sugiera en determinados cuadros una acentuación rítmica en colores y formas a través de sus peculiares «líneas pintadas» (intermitentes trazos de color que refuerzan todavía más lo bien definido de sus contornos): un hábil recurso rescatado del pop que suma así a estas pinturas una nota de luminosidad y calidez.

El espectador, en una primera mirada abarcadora, captará la unidad temática de los mármoles y bronces que Vento González ofrece en esta selecta muestra: la figura humana, pues no en vano ha orientado su obra hacia el lenguaje de la abstracción, pero manteniendo esta efigie morfológica en el eje central de su creación. A su través emana un estilo personal cargado de humanismo; un orbe personal de formas en el que lo figurativo y lo abstracto se superponen y contraen. Una siguiente mirada –ahora más detenida– recalará en el dominio de ejecución que evidencia la rotundidad de los volúmenes, su estructura formal compacta, el equilibrio logrado entre la masa y el hueco, la sensualidad que destilan sus simplificadas formas y sus superficies perfectamente pulidas –sinuosas, envolventes y redondeadas– con el claro predominio de la línea curva (en especial en la voluptuosidad tranquila, reposada y delicada de las formas femeninas que invitan a ser acariciadas y recorridas). Y, a partir de aquí, desde estas obras que emanan una energía vital deudora de sus raíces mediterráneas, nuevas miradas irán adentrándose en otros rasgos definitorios de esta obra tridimensional (a la que ha arribado tras experimentar con el dibujo, el  grabado y la pintura), que se ha puesto como meta la búsqueda de lo esencial: la voluntaria exageración de las formas, que se nos ofrecen a menudo distorsionadas, a la zaga de su elegido modelo de estilización del canon de proporciones (al igual que observamos en sus pinturas); una desproporción de los miembros corporales con la que su autor otorga mayor importancia y grandiosidad al cuerpo. Se apreciará también que se trata de unas esculturas en las que su autor elude los rasgos anecdóticos, desdeñando el detallismo y confiriendo a estas semiabstracciones antropomórficas un porte noble, hierático, digno. Tampoco se descuidará que todo este cadencioso repertorio de desnudos femeninos (torsos, damas en actitud lectora o cuya simplificada anatomía juega con el vacío o con la luna, maternidades, etc.) no excluye la representación masculina (pensadores, guerreros…) ni la fusión de ambas anatomías en las relaciones de pareja (abrazos o arrebatos). Como tampoco otras incursiones tridimensionales (retratos escultóricos, palomas, etc.). Esculturas, todas ellas, que están pensadas para la incidencia de la luz, pues Vento González las concibe «impelido por la irrefrenable necesidad de hacer, de manera directa, partícipe a la luz de sus creaciones de bulto» 2. El espectador se ha situado ante unas obras que han asimilado (y fundido en el propio crisol) los valores plásticos de la escultura cicládica así como lo más genuino de las culturas primitivas negroafricanas; que han incorporado la simplificada figuración de Maillol, las formas aerodinámicas de Brancusi, la plasticidad táctil y luminosa de Moore… En suma, que está apreciando una obra creativa, idiosincrática, que manifestando un interés por lo orgánico camina hacia una recuperación de lo antropomórfico; que con elegancia, contención y ternura tiende puentes entre el primitivismo, el arcaísmo y el arte de vanguardia, consiguiendo enlazar armónicamente el naturalismo y la abstracción.

Juan Ángel Blasco Carrascosa
                                         Catedrático de Historia del Arte
Universidad Politécnica de Valencia

 

1 Vid.: REQUENA VITALES, Elena: «La felicidad de un creador», Vento González. Presencias (catálogo), Sala Parpalló, Centre Cultural La Beneficència, Valencia, 1999; BLASCO CARRASCOSA, Juan Ángel: La escultura valenciana del siglo XX., Vol. II, Federico Doménech, S.A., Valencia, 2003; PATUEL CHUST Pascual: «Pintar la vida», Vento González. Cuatro décadas de creatividad (catálogo), Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, Valencia, 2005; ALEJOS MORÁN, Asunción: «Grabado, dibujo e ilustración en Vento González», Vento González. Cuatro décadas de creatividad (catálogo), Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, Valencia, 2005; MONTESINOS I MARTÍNEZ, Josep: «Deseo, tacto, emoción. La escultura de Vento González», Vento González. Cuatro décadas de creatividad (catálogo), Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, Valencia, 2005.

2 PÉREZ CONTEL, Rafael: «Vento González», Vento González (catálogo), Biblioteca Municipal de Segorbe (Castellón), 1984.

 

Vento, exposición Valladolid


El Minimonólogo de Eduardo Quiles (Dramaturgo y Director de la Revista Art Teatral ) al Artista J. Vento González.

Minimonólogo de un espectador de arte

En la antesala de una muestra de sueños, ¿qué otra cosa es si no una exposición de arte?, suelo estar impaciente por ver la cosecha que el artista exhibe ante nuestra retina. Impaciente también por verificar hasta que punto y en la obra expuesta lo real e imaginario van de la mano, pues en ocasiones, más de las deseadas, tienden a divorciarse en menoscabo de la plenitud creadora. En Vento, en el universo de su fantasía pictórica, es factible observar ambos contenidos enlazados durante un trayecto de emociones hasta alcanzar su meta, incluido el corazón del lienzo o la fibra íntima de la escultura, y es allí donde la realidad más descarnada fundida a la fantasía creadora se muestra dispuesta a exhibir una desnudez sin tapujos para que la obra ultimada no sólo provoque el goce estético, sino que nos alerte sobre las miserias y grandezas de nuestro tiempo, ese tiempo que es el nuestro y que debemos cuidar y mejorar para que la utopía de un mundo más tolerante y justo siga su andadura y logre sus más altas metas. Sueña en ello el arte y sueña en esa utopía los frutos del  fenómeno estético y también debemos afanarnos en que lo reivindiquen todo contemplador de arte, ese público que aguarda a que las luces de una exposición enriquezcan su patrimonio existencial. Me consta que es así pues también pertenezco al club de los contempladores de arte. Y permitan que insista en algo que me inquieta. Se ha dicho que la noción de realidad es compleja y que tendemos a llamar real lo que puede verse y palparse. Sin embargo, lo verdaderamente real no está al alcance de la mirada fácil y furtiva, todo lo contrario. Detectar la realidad primera de lo que mueve al ser y al mundo es oficio de topos, pues lo real gusta de hacer nido por galerías  subterráneas del corazón y la mente, y de ahí que rememore la citada naturaleza de topo para arañar y apartar esas envolturas primeras que impiden ver la verdad última de nuestra realidad de homínidos surgidos de una nebulosa de instintos, ¿para sobrevivir? La grandeza del arte quizá estribe en humanizar tal galaxia de impulsos para que lo mejor de uno mismo aflore en el proceso de la creación estética. Por otro lado el enigma del acto de crear se convierte en un pozo sin fondo de interrogantes. ¿Qué incita a un poeta de la línea y el color embadurnar un lienzo en blanco? ¿Qué lógica mueve el acto de grabar, de esculpir? ¿Qué emoción oculta? ¿Qué pasión por pintar al óleo, al temple, al fresco, al pastel, a la acuarela? Si el artista supiera el móvil, ¿acaso no caería el pincel de su mano?  Pisad un estudio, por ejemplo, el del propio Vento, un artista tocado por la problemática de la vida. Un universo se nos viene encima: óleos, esculturas, aguatintas, grabados, dibujos, figuras, bodegones, paisajes, naturalezas muertas… Y cuidado, ahora no hay que dispersar el pincel que vuela por la tela, es mejor oír el silencio, un silencio  donde se percibe el desafío por integrar en una misma unidad estética un abanico de lenguajes: movimiento, composición, perspectiva, claroscuro, sombra, color… Aludimos a los temas formales, se trata de vestir con las mejores galas un ensueño de arte, una idea que dé plenitud al soporte que la contiene. Mimar la forma para que el mensaje alcance por igual los sentidos de quien contempla la obra es la gran pirueta de la creatividad. También la potencia expresiva es el mejor de los vehículos para que circule el compromiso de un creador con su tiempo. En Vento hay todo un repertorio temático cuya fuente de inspiración pasa por diversas secuencias de la existencia humana: el amor, la pareja, la maternidad, la denuncia social se convierten en óptimas vitaminas para sus lienzos y esculturas. Ante esta exposición retrospectiva,  fruto de una vida abocada al arte, cabría decir algo parejo a lo que murmuró Delacroix de sí mismo: estoy siempre devorado por la pasión de aprender.

 

Eduardo Quiles

Dramaturgo y Director de la Revista Art Teatral

Eduardo Quiles ,J. Vento


Escrito de Miguel Ángel González sobre la Exposición de J. Vento González / Abril del 2000.

Mientras esperaba en el Mediterráneo con mis amigos: Armando, V. Górriz, J. Oliver y Federico, que nos sirviesen el almuerzo de los viernes, no daba crédito a mis ojos en su recorrido por los titulares del diario Levante:


“QUIDAM. Cirque du Soleil”. “José Vento entre Picasso y Max Aub”.
“Esa mujer de 40 años padecía cambios de personalidad antes de…”

En estos tres impactos pude apreciar todas mis carencias y la imposibilidad de dar justificación y aprehensión a mi existencia.
No entiendo cómo ayer tarde, después de haberse desplazado Pepe a Segorbe a cuestas con su exposición en un rodillo de diapositivas y la pantalla donde pude visualizarla y posteriormente en El Gargallo tomando unos cafés y agua con gas, no entiendo –digo- cómo me decidí a escribirle un artículo para su exposición en Torrente el mes próximo. Mucho tiempo antes me lo había pedido, pero yo siempre daba largas,-últimamente no me concentro y a un amigo habría que decirle alguna vez que no-. ¿Por qué accedí?, Quizá ahora vislumbre alguna respuesta: la de la amistad siempre es una, -en este caso la aparco-, debe haber otras: Esta coincidencia de hoy con mis amigos entorno a una mesa, mi viaje a Madrid a principios de semana. ¿Escuchó alguien en El Gargallo nuestra conversación que, básicamente, giró en torno a ese artículo que mi mente ya iba pergeñando, y que era el mismo que ahora leía en Posdata?:


“Frescura y accesibilidad del arte de vanguardia durante tres días
en Valencia.
                                         Art a l’Hotel.
                    José Vento entre Picasso y Max Aub”

Busqué por todas partes el responsable del artículo, no lo encontraba. Hasta en la sección de Anuncios con palabras, por si acaso el redactor lo confundió de lugar. Tampoco. Y yo sentado ahora en El Mediterráneo junto a mis amigos almorzando. De repente, la playa, Mediterráneo mostrando la alegría, el gozo de la vida, de lo natural, de la unidad. Contento estaría su autor de este cuadro muy geométrico y bien construido, estructurado bellamente por sus planos y colores: azulados, de todo tipo, verdosos, naranjas. O este otro, el de Las Amazonas que luchan por la igualdad con sus colores azules, amarillos y rojos gritos, de rebeldía de la mujer en defensa de sí, harta de su historia, avanzan agresivas enarbolando el color de la lírica, la armonización total de sus líneas y su dinamismo colectivo en la unidad. También en ese afán de reafirmación femenina Mujer de doble cabeza, o Cuerpos de mujer brindando al color y originando con sus cuerpos transformados las vasijas del amor. Escena de amor reza este otro donde el arlequín sostiene la máscara en su mano mostrándole a la mujer abiertamente su rostro, porque no necesita protección ni proteger, necesita ser él en ella, y ella sostenida  en el juego armónico de colores rozando su cuerpo. Cuerpo a morir entre sus brazos en la noche del rojo y negro de sus vestidos, en ese otro denominado Nocturno después de la fiesta, tan expresionista en sus formas como en la ausencia de rasgos faciales. Se muestra lo básico y elemental, un farol es testigo de la comunión, en la comunicación libre de tiempo y fronteras.
Y cuando salto al otro anuncio titular QUIDAM. Cirque du Soleil, pienso en esos paraguas, sombrillas que acompañan al ser humano protegiéndolo en la mitad de su rostro, de la lluvia, de la contaminación, del silencio o evitando la comunicación que parece decirnos este Hombre de perfil y mujer de frente, en un amor, quizá, el de la fraternidad. O esa otra comunicación femenina bordeada delicadamente por dos hombres formando Geometría. Comunican también las palomas o las formas geométricas, 16 rectángulos expresando un monólogo aritmético: 2 por 2, 4; 4 por 2, 8; 8 por 2, 16. Todo ello, como un trazado de formas lúdicas y diversión colorista del autor.

Y no podía faltar la música, salida como resonancia por las bocas de vasijas: serie de los Bodegones. Originales formas donde J. Vento deja al descubierto su debilidad por la cerámica y lo escultórico.

¿Quién conocía, además de mí, la historia de esta mujer que su madre me reveló anteayer en Madrid? Esa joven que, en sus cambios de personalidad se fugaba, frecuentemente, del hospital donde estaba recluida para reivindicar su yo. Reducía a dos aspectos su existencia: ser artista y médica-cirujano. Y que como yo, le dije a la madre, habíamos fracasado. La ansiedad era nuestra compañera querida y nos perseguía porque en nuestros dedos los colores se diluyen, porque nuestros ojos se cierran fatigados y no alcanzan a veros, porque nuestro grito de cólera se ahoga en nuestro estómago, y el cáncer de próstata, mama, pecho, pulmón, colon….aplaude nuestra impotencia, porque nuestros labios huérfanos de voz no encuentran las palabras que, arrodillados ante estos niños asesinados, pronuncien una plegaria.
La madre finalizó la conversación: “Temo que en su último intento de ser ella no la encuentre jamás”.
¿Cómo era posible que el periódico incidiese más en la muerte de aquella mujer y sus circunstancias, que en el delicado papel encontrado en el bolsillo de su chaqueta?
¿Cómo explicar que esos versos fueran pie de foto de uno de los cuadros de la exposición de mi amigo José Vento –“Más de lo mismo”, me dijo aquella tarde que lo denominaría-  y que el mismo periódico insertaba en su sección Posdata?

 

Bailarina de la vida,
de mi propia vida
reducida a un espacio de luces múltiples,
ilumina mi camino cercando mi cuerpo
un círculo de luz ¡quién me quiere!
¡quién me sostiene! ¡quién me divierte!


Allí camino, allí danzo, allí me sostengo.


Soy luz, soy forma,
nada soy, nada tengo.
Desnudo mi cuerpo,
mi boca te besa.


¡Por qué te escondes, padre mío,
no te veo!,
a ti te miro,
madre mía.


En ti me hago.


Soy centro, soy vida,
soy amor adormecido.


Aquí en la penumbra me miras,
Aquí en la oscuridad me lloras,
Aquí en el silencio me llamas.


Y te veo,
y te sonrío
y me entrego sin reservas
porque mis colores son otros,
mi música no se escucha
y mi silencio os ahoga.
Segorbe, viernes 31 de marzo de 2000.
Miguel González Sanchis